Recuerdo que una vez, después de una larga temporada (de años, creo) sin vernos, nos encontramos, y me dijo: "Te acuerdas del osito de P.? Pues, sigue llevándoselo a la cama. El muñeco está sin ojos, sin orejas.Tiene las patas rotas, deshilachadas. Una le cuelga, saliendo casi de su media barriga. Pero él la lleva cada noche a su oreja, y escarba con esa patita el pabellón de los sueños. Entonces, y sólo entonces, el niño cae rendido"...
Algo parecido me está pasando a mi, que no soy tan niño. Los Reyes de este año me trajeron unas zapatillas de andar por casa: Nuevas, nuevecitas. Azules. Y todavía no las he estrenado. Y estamos a 28 de febrero. Tengo las viejas, - marrones -; que como decía mi abuela "ya han parido (han roto sus tripas) por un montón de sitios". Y bien que se merecen el retiro. Pero... son tan cómodas, tan calientes, tan cariñosas con mis pies desnudos... que me da una pena horrible desecharlas. Y hasta me vienen bien para salir a la puerta de la calle, cuando bajo a tirar la basura. Las azules están en el estante, en standby; en espera; preciosas, presumidas. Pero las estoy notando un poco celosillas...
Y ya me dijo mi hija: "Si el próximo día que vuelva a veros sigues con las zapatillas viejas, las cojo, y te las tiro". "Ni se te ocurrirá... - dije yo - Son viejas, pero se merecen un respeto... ".
Y ahí estamos, encariñados con lo viejo. ¿Será que me estoy volviendo idem?. ¿O será que me estoy volviendo niño?
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