Cuando me enfrento a la lectura de un libro (sobre todo de
poesía), suelo ser anárquico. Hay veces que comienzo por el final. Cosa que no
hago con las novelas, lógicamente…
En poesía – en libros de poesía, digo – no hay un final
establecido. Todo es inicio. Y para mí, muchos inicios; tantos como los que me
descubren (o me incitan a descubrir) los poemas del otro, cuando los hago míos.
Con un retraso que me ha acrecentado las ganas de leerlo,
estoy leyendo (y releyendo) el poemario de Antonio Agudelo “El cielo ajedrez”.
Me vuelvo a alegrar una vez más por decir que me alegra infinito conocer de
cerca a otro poeta grande, que siento como amigo “de carne y de hueso”.
El libro lleva dos prólogos, que propician la entrada a dos
zonas diferenciadas del poemario. Ambos me los salté en un principio. Aunque
luego he vuelto a ellos, para afirmarme en lo que dicen los prologuistas, como
algo también sentido por mi como lector. Me salté inicialmente estos preámbulos
y me fui al epílogo, quizás por el cariño y la admiración que tengo al
epiloguista (Salvador Negro); y también
para coincidir con él en sus apreciaciones sobre el poeta, su poesía y la
Poesía en general.
Pero el libro tiene, además, un tercer prólogo, - tan
magnífico como silencioso -, en las personalísimas ilustraciones de otro gran
poeta, que tengo también el honor y el orgullo de conocer: Juan Carlos Mestre.
Sus pinceladas hablan de cómo el poeta es un ser especial, con pájaros en la
cabeza; con lunáticos sombreros; con peces de colores en sus manos, y en su
boca; con árboles fantásticos en flechas, con melenas como sauces; con sirenas
que son ríos o mares azules, que nacen de la frente…
Tiene el libro, además - antes y después - un “monólogo interior”, que es el discurso
del poeta en todo su recitado. En eso consiste: en reproducir en primera
persona su pensamiento y sus vivencias íntimas, tal y como surgen en su
conciencia. Y ese “monólogo interior” se transforma milagrosamente en discurso
universal; o al menos asumido discurso del lector receptivo y dispuesto a
“discurrir”.
Yo soy lector; no soy crítico: y no me gusta serlo. Pero he
de decir que me gustan los poemas cortos. Hace unos días escribí: “la poesía,
como el veneno,/ puede ser un remedio./ depende de la dosis./” … Y quiero decir
que lo que más me gusta del poemario de Agudelo es “la luz del día”; es decir:
los haikus. Sin desmerecer la profundidad del resto, que, - lo reconozco
humildemente - tengo que “bucear” mucho más despacio…
Prometido queda, amigo Antonio. Será un placer.
