lunes, 9 de enero de 2017

El cielo ajedrez


EL CIELO AJEDREZ
(de Antonio Agudelo)

Cuando me enfrento a la lectura de un libro (sobre todo de poesía), suelo ser anárquico. Hay veces que comienzo por el final. Cosa que no hago con las novelas, lógicamente…
En poesía – en libros de poesía, digo – no hay un final establecido. Todo es inicio. Y para mí, muchos inicios; tantos como los que me descubren (o me incitan a descubrir) los poemas del otro, cuando los hago míos.

Con un retraso que me ha acrecentado las ganas de leerlo, estoy leyendo (y releyendo) el poemario de Antonio Agudelo “El cielo ajedrez”. Me vuelvo a alegrar una vez más por decir que me alegra infinito conocer de cerca a otro poeta grande, que siento como amigo “de carne y de hueso”.

El libro lleva dos prólogos, que propician la entrada a dos zonas diferenciadas del poemario. Ambos me los salté en un principio. Aunque luego he vuelto a ellos, para afirmarme en lo que dicen los prologuistas, como algo también sentido por mi como lector. Me salté inicialmente estos preámbulos y me fui al epílogo, quizás por el cariño y la admiración que tengo al epiloguista  (Salvador Negro); y también para coincidir con él en sus apreciaciones sobre el poeta, su poesía y la Poesía en general.

Pero el libro tiene, además, un tercer prólogo, - tan magnífico como silencioso -, en las personalísimas ilustraciones de otro gran poeta, que tengo también el honor y el orgullo de conocer: Juan Carlos Mestre. Sus pinceladas hablan de cómo el poeta es un ser especial, con pájaros en la cabeza; con lunáticos sombreros; con peces de colores en sus manos, y en su boca; con árboles fantásticos en flechas, con melenas como sauces; con sirenas que son ríos o mares azules, que nacen de la frente…

Tiene el libro, además - antes y después -  un “monólogo interior”, que es el discurso del poeta en todo su recitado. En eso consiste: en reproducir en primera persona su pensamiento y sus vivencias íntimas, tal y como surgen en su conciencia. Y ese “monólogo interior” se transforma milagrosamente en discurso universal; o al menos asumido discurso del lector receptivo y dispuesto a “discurrir”.

Yo soy lector; no soy crítico: y no me gusta serlo. Pero he de decir que me gustan los poemas cortos. Hace unos días escribí: “la poesía, como el veneno,/ puede ser un remedio./ depende de la dosis./” … Y quiero decir que lo que más me gusta del poemario de Agudelo es “la luz del día”; es decir: los haikus. Sin desmerecer la profundidad del resto, que, - lo reconozco humildemente - tengo que “bucear” mucho más despacio…

Prometido queda, amigo Antonio. Será un placer.

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(con otros "amigos-poetas-de carne y hueso", en León...
- foto de Alejandro Nemonio Aller)
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