jueves, 3 de abril de 2014

"LA PAZ DE DIOS"


Allá por el siglo XI el mundo "civilizado" (?) estaba en más días de guerras que días tiene la semana. Y eso afectaba a la poca vida laica que quedaba libre, en aquel feudalismo dominante. Los señores tenían las tierras, las casas, los derechos de pernada... Vamos, que se lo pasaban todo - y a todos - por la entrepierna.

Llegaron los monjes, - propiciados en principio por los reyes y los señores feudales -, y se fueron acercando a la clase vulgar, que sin saber cómo se quería rebelar. A cambio de un montón de fueros, impuestos y reverencias, el pueblo llano se fue ganando algún derecho, contra la barbarie dominante; si bien poniéndose al servicio de otra clase, la clerical, que a veces "tal le bailaba"... Pero, bueno: el pueblo estaba cansado de pelear en guerras que no eran las suyas todos los días de la semana; y encontraron en la iglesia un defensor, y un buscador de la paz cotidiana, tan necesaria.

La iglesia comenzó por santificar completamente los domingos, y prohibió todas las hostilidades desde la noche del sábado hasta la mañana del lunes. Y llamó a esto la "Tregua de Dios"; consiguiendo que los guerreros lo aceptaran. También alcanzaron que se reconocieran los lugares sagrados como oasis de paz, en medio de tantas algarabías. Y llamaron a esto la "Paz de Dios". Más tarde, avanzaron esas treguas y esas paces a los días consagrados a los misterios de la fe, y decretaron libres de guerra días tales como la Ascensión, Jueves Santo, día de la Pasión, y sábado, día de la Resurrección. En un paso posterior se incluyó en la tregua el Adviento y la Cuaresma. Algo se había ganado...



Sin duda, el Monasterio de San Miguel de Escalada tuvo que ser un lugar tenido como recinto de la "Paz de Dios"; y libre de las escaramuzas, por la "Tregua de Dios". Estamos seguros. Y en esa convicción, queremos presentar esta bonita estampa, (que encabeza esta entrada), y que titulamos:
"El requiebro del soldado".
Porque la "Paz de Dios" tiene que estar el servicio de los hombres. Y los hombres ansían la paz de una tarde de primavera, la sana algarabía de los jóvenes, la impagable felicidad del "jaser ná"... y el "tierno requiebro amoroso de un soldado", cansado de luchar... por nada.

Dejad en paz la paz de los hombres. De lo contrario seréis excomulgados. 





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