martes, 27 de septiembre de 2011

Nepotismo del bueno


  nieto zalamero
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nepotismo significa: tendencia a favorecer a familiares y a personas afines con cargos o premios. Sus sinónimos son: predilección, enchufe, favor, privanza, privilegio, favoritismo, amiguismo.
Del latín, nepos-nepotis - tiene un origen etrusco, y significa nieto: hijo o hija del hijo o de la hija de una persona... sucesor, descendiente, retoño, vástago. 
 Cicerón hablaba a menudo del nepos perditus: que es el perdido, el disoluto. Virgilio dice, poéticamente, que los nepotes son la posteridad, los descendientes.
nepote es de la misma familia: pariente y privado del Papa. Algunos dicen que nepos es sobrino. Quizá sea por la teórica legalidad canónica de que el Papa no puede tener nietos. Y así la historia esta llena de sobrinos que fueron favorecidos por los Papas, los obispos, los curas... y hasta los sacristanes. En latín, sobrino es el nepos, fratris aut sororis filius; es decir: el hijo del hermano o de la hermana. Vamos, igual que ahora mismo. 

El nepotismo es la desmedida preferencia que algunos dan a sus parientes para las gracias o empleos públicos, su uso es generalmente negativo. Un ejemplo de nepotismo sería que un empleador contratara a su pariente en lugar de alguien más cualificado sólo por el hecho de que fuera su pariente . 

Pero lo bueno es que algunos biólogos han sugerido que el nepotismo es completamente instintivo. Yo también lo creo. Por eso, voy a poner aquí unos párrafos de algo que escribí hace unos años:

:nieto travieso

...
El menor de los chicos era, sin embargo, el ojito derecho del abuelo. Al viejo le halagaba que el pequeño hubiera entrado de monaguillo con el cura, y mantenía un íntimo apetito de que el niño se fuera muy pronto al seminario. El abuelo había tenido un tío y un hermano sacerdotes. Y uno de sus hijos había alimentado muchos años la ilusión de su padre de tener en su familia más directa una nueva cabeza coronada. No maduró este anhelo; y ahora miraba al nieto, con el afán de conseguirlo.

El nieto le sabía bailar el agua, y se dejaba querer, aprovechando la ventaja, para aliviar el bolsillo de las perras del abuelo. Le buscaba en el sillón de mimbre, que el viejo tenía como el trono superior del universo. Y se sentaba en sus rodillas, pidiéndole que trotara el caballito. Y le adulaba descarádamente, igual que un lambriche, como decía el primo mexicano, acariciando la barbilla salpicada de pelitos blancos mal afeitados, o resbalando un dingolondango consentido, hasta el bolsillo del chaleco, donde el tic-tac del corazón del abuelo se convertía en golpecitos secos de su reloj de plata.
El monaguillo sabía latín. Rondaba la vanidad del viejo con halagos; le picaba la jactancia; le aguantaba las historias pretenciosas que contaba siempre, despues de sus viajes; le reía las fábulas jocosas; y le hacía reir con sus ocurrencias infantiles. El abuelo era un hombrecillo paticorto y rechoncho, embutido en un eterno traje con chaleco, que a duras penas disumulaba la curva inmensa de la felicidad que le habían traido sus sesenta y... pocos años. Su cabeza se clavaba entre los hombros, casi sin cuello; y su cara había perdido la redondez de los años mozos y lejanos, llenándose de bolsas oscuras debajo de los ojos, y de pingajos temblorosos en el papo. El pelo era, aunque blanco, lo más sobresaliente. Cuando descansaba en el sillón de varas del portal se quitaba la gorra y los mechones de plata adornaban la cabeza, sin calvas y sin entradas. Los pelos de sus cejas eran quizás más blancos y frondosos; como viseras, ocultando aún más, en lo hondo, los ojillos azules y perspicaces.
Un día, el chico le tocó el hueso de la risa con una ocurrencia tonta, y el viejo se estaba desternillando dolorósamente en la butaca. El muchacho le seguía mirando, sentado en su regazo, escudriñando entre las ojeras sombreadas y las cejas espesas, en busca de los guiños brillantes de sus ojos escondidos.
- ¿Pero, tú me ves a mí? - le preguntaba el niño, serio, muy serio, escarbando con sus deditos blancos entre las piel del abuelo, cada vez más rugosa: por los años, y por el gesto de la risa inaguantable.
- ¿Pero, tú me ves a mí? - le repetía.
Y el viejo abuelo se retorcía en el sillón, a punto de ponerse malo del ataque de risa.
Entonces el bolsillo de las perras se rompía en un boquete generoso. Y a la mano del niño resbalaban dos moneditas limpias y calientes: una peseta rubia reluciente, y, ¡oh, qué delicia!, un duro nuevo y esplendorósamente nacarado...

---------------------------------------------------------------------------("Historias de un monaguillo"/A.G.F.)

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