miércoles, 24 de noviembre de 2010

cuentos para pensar


El lugar al que nunca se llega
  
Érase una vez un rey, que tenía un reino muy extenso, muchos vasallos, y un castillo muy grande. Era muy, pero que muy rico, y en su palacio se había rodeado de muchos sirvientes, muchisimos aduladores, y algún hombre sabio.
 Un día, al regresar de su paseo, en la mañana, reunió a todos los palaciegos en el salón de trono. En la caminata le había venido a la cabeza una inquietud. Le había surgido una duda. El era el Rey: rico, poderoso, lleno de salud. Pero reconocía que no lo podía tener todo, y que lamentablemente le faltaba un poco de cabeza inteligente, dentro de su gran testa coronada. Y decidió hacer a los sirvientes, a los aduladores y al hombre sabio esta pregunta:
 -Decidme: ¿a qué lugar de mi reino me queda por llegar?
 Comenzó el mayordomo, con una gran reverencia, y habló así, en representación de todos los sirvientes:
 -Majestad: tus sirvientes de palacio no lo podemos saber, pues te hemos servido siempre dentro de estas paredes y murallas. Pero tus sirvientes saben que Su Majestad ha recorrido cada palmo de su reino…
 El rey le mandó callar. Le molestaba que le dieran una respuesta placentera, solamente por ser el soberano.
 Habló a continuación el duque más pedante de la corte, y dijo:
 -Majestad: sin duda has llegado a todos los rincones de tu reino, por muy grande que sea. Deberías pensar en invadir el territorio de nuestros vecinos, e incluso cruzar el mar, y conquistar nuevas tierras…
 -Calla, majadero, – le interrumpió el rey-. Estoy harto de vuestras lisonjas y vuestra falta de inteligencia.
 Y el rey buscó con la mirada al hombre sabio que tenía en la corte como consejero.
 El sabio era un hombre de pequeña estatura; pero de una serena compostura, que le hacía grande a los ojos del rey, muy a pesar de la envidia de los sirvientes y aduladores cortesanos. Y con la confianza que da una mente clara, se atrevió a hablar al rey, diciendo:
 -Majestad: me temo que mi respuesta no te va a gustar, pues hay un lugar en tu reino, y en todos los reinos que pudieras tener, al que nunca se puede llegar.
 Los sirvientes y aduladores exclamaron, con una incontenida alegría entre los dientes, suspirando porque el sabio cayera, al fin, en desgracia a los ojos del rey. Éste abrío los ojos, admirado; pero sin amenaza. Y urgió al hombre sabio una explicación.
 El hombrecillo había avanzado desde el rincón del salón del trono por el pasillo central, hasta el estrado del rey, y se había quedado en el penúltimo escalón, por respeto al soberano. Y girándose ligeramente hacia el resto de la sala, continuó su parlamento:
 -Es bien sencillo, Majestad. Por más que el hombre sea rico, poderoso, inteligente… hay un lugar al que nunca se llega: EL HORIZONTE.
 Los sirvientes y los aduladores de palacio se mordieron la envidia y las ganas de revancha.
 El Rey aplaudió al hombre sabio, y ordenó a toda la corte que aplaudiera.
 Y el hombre sabio se volvió a sentar en su rincón...




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