miércoles, 26 de octubre de 2011

los estertores



LOS ESTERTORES


En los años centrales del siglo pasado, la vida en los pueblos era un cúmulo de situaciones de convivencia que tenían "su aquel", como decía el tío. De convivencia con la vida, y de coexistencia con la muerte. Porque la muerte cohabitaba por las casas, como si tal cosa. 
En cierta ocasión se presentó la muerte en una casa, preguntando por el tío anciano. Y lo pilló en la cama, donde le dió, durante unos cuantos días, varios revolcones. Pero el viejo se resistía.
 Era el hombre un solterón, rodeado de sobrinos; que acudieron al ruido de la guadaña y la piedra esmeril que guardaba el gachapo. Sobrinos interesados, que aguardaban el reparto de una herencia abundante. Los convocados aguantaron al pie del camastro del moribundo como clavos, por varios días. En los intermedios de la espera alguna sobrina se remangaba y preparaba en la cocina suculentos almuerzos y cenas, que iban dejando tiesa la despensa del moribundo. 
Una arde, la alcoba estaba atiborrada de sobrinos, escuchando la respiración anhelosa que se escapaba de la boca del tío en sonidos roncos, como un silbido involuntario, con jadeos repetidos de una larga agonía. La agonía no tenía esperanza. Y la espera de los sobrinos era desesperante. Y mientras tanto, en el comedor estaba esperando por todos los invitados una cena opípara y abundante. 
El viejo seguía luchando. Un sobrino, consecuente con lo que allí les había convocado, no dejaba de desfilar entre la alcoba y la cocina. Y después de un rato, no pudo soportar su hipocresía - y la de todos sus familiares - y exclamó, enrabietado: 
- ¡¡¡Vaya, vaya: ni se muere el tío, ni cenamos!!!
El moribundo dió un estertor más ronco entre las sábanas; y se quedó blanco. Los sobrinos notaron que la opresión de su larga espera se había aliviado. Y, por fin, cenaron...  


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