miércoles, 24 de junio de 2009

la leyenda viva de mi abuela


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Leyenda es una narración oral o escrita, en prosa o en verso, con una mayor o menor proporción de elementos imaginativos y que generalmente quiere hacerse pasar por verdadera o fundada en la verdad, o ligada en todo caso a un elemento de la realidad. Se transmite habitualmente de generación en generación, casi siempre de forma oral, y con frecuencia son transformadas con supresiones, añadidos o modificaciones.
Existen leyendas personales. Muchas no ha sido nunca narradas, ni de oral ni de escrita manera.
Yo hoy voy a contar una leyenda personal, que hasta ahora no había sido escrita, aunque sí contada... Y sí vivida.



Hoy es San Juan. Anoche fue la oscuridad más corta. El sol se fue a la cama mucho más tarde, entre los algodones colorados de la Babia. Y la lumbre de la plaza alargó la verbena, quemando los recuerdos del invierno, a la luz de la leña y de los trastos viejos en la hoguera. Toda la vida nueva se destapó en las risas y en el baile, hasta las tantas...
Hoy es un día señalado. Mejor dicho: la noche. La abuela se atrancó esta noche, en secreto y casi a oscuras, en la sala. Llevaba en la mano un vaso de agua, que posó cuidadósamente en la repisa que tiene la ventana del corral. Debajo del vaso, colocó un platillo del juego de café, del que sólo quedan dos tazas y tres platos. Y debajo del plato, un pañito de lino y de puntillas, que guarda de su madre. La penumbra se rompió a la luz del medio velón de Jueves Santo, mientras la sombra de la abuela invadía las cuatro esquinas de la sala. La vieja cascó un huevo contra el borde de la mesa, cubierta de un hule de flores y de grecas, en un crac! casi mudo, para no delatarse. Sus temblorosas manos gobernaron el huevo en dos mitades. Y con pericia, precipitó la clara en el vaso del agua, que alcanzó de repente los dos tercios del cristal. La yema dorada se quedó en la media cáscara, encima de la mesa, como en una cuna. La abuela sujetó el vaso entre sus manos, como hace el cura en la misa con el caliz, y hasta se inclinó de bruces sobre el recipiente, y alentó la mezcla, repitiendo una fórmula mágica y extraña:
- ¡Por San Juan!: ¡que mañana se produzca el milagro!




...En la cocina van desfilando los chicos, con los ojos pegados de legañas, en un saludo repetido: "Buenos días. ¿Descansó usted? Yo bien, gracias. A Dios las gracias!". La niña más chica, anoche estuvo espiando a la abuela. Y ahora se agarra a su mandil, en un dingolondango consentido por la vieja, que la lleva de la mano hasta el comedor, para ver el milagro.
El velón se ve gastado. Con la mecha encendida en lo hondo del centro de la cera; y un cerco luminoso corona el techo de la sala. La ventana está abierta, y la luz de los barrotes ya no dibujan sombras en la repisa. Los ojos de la abuela brillan, inquietos, inseguros. Y los inmensos ojos de la niña, chispean, admirados e incrédulos, mientras sus dedos mosdisquean, nerviosos, la mano y el mandil de la anciana. Allí en el vaso, otro año más, se produjo el milagro: la clara de huevo se levanta en tres torres bien nítidas, formando una iglesia mágica, como una catedral.

La niña, boquiabierta, sin despegar sus ojos del portento, escucha a la abuela:
- "¡Y ya verás!... ¡La noche de San Pedro, en lugar de una iglesia se formará una barca!"...


(de "Historias de un monaguillo"/Alfredo)

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