jueves, 4 de junio de 2009

"filandón de pescadores" en Gradefes del río Esla

Se ha presumido que "Lo más importante, dentro de los actos paralelos a la Semana, tendrá lugar en Gradefes del río Esla, donde su alcaldesa ha patrocinado un "filandón de pesca", que se une a los actos y en el que participarán contando historias de pesca el pescador francés, poeta y escritor, GUY ROQUES, el perodista y escritor leonés, PEDRO G. TRAPIELLO, el periodista y escritor zamorano, afincado en Valladolid, LEONARDO DE LA FUENTE, el periodista y escritor leonés, JOSÉ GUTIÉRREZ ALÁIZ y el periodista y escritor, EDUARDO GARCÍA CARMONA. La idea partió desde la Universidad de León, aceptada por el ayuntamieno de Gradefes y compartida por la Semana Internacional de la Trucha".


(El filandón (o fiandón, filorio, hilandorio, hilandera, etc.) es una reunión que se realiza por las noches una vez terminada la cena, en la que se cuentan en voz alta cuentos al tiempo que se trabaja en alguna labor manual (generalmente textil). Tal reunión se solía hacer alrededor del hogar, con los participantes sentados en escaños o bancadas. El filandón se sigue practicando en ciertas zonas de Galicia, de la provincia de León (en ciertas zonas de esta provincia al filandón también se le conoce como calecho) y de Asturias).

Recientemente esta tradición se ha recuperado gracias a escritores, narradores orales, cuentacuentos y músicos que han llevado a distintos escenarios y lo han enriquecido con nuevas historias y canciones.En el año 1984 el director de cine José María Martín Sarmiento realiza la película El filandón en el que se relatan distintas historias: Luis Mateo Díez narra Los grajos del sochantre, Pedro Trapiello Láncara, el recientemente fallecido Don Antonio Pereira Las peras de dios, José María Merino El desertor y Julio LLamazares Retrato de bañista... Estos escritores, junto a otros, como Juan Pedro Aparicio, son los responsables de la popularidad literaria del filandón y de su renacimiento.


Este filandón de pescadores va a tener a estos verdaderos cuentacuentos:

GUY ROQUES:

... Guy Roques es un conocido pescador en su país natal (Francia), en España, por sus innumerables escritos en revistas deportivas de pesca a mosca y en otros países por sus constantes relaciones con el mundo de la pesca. Ha escrito varios libros entre los que destacan Mosquero Andante, El cantar del agua y Delirios de un Pescador a Mosca, en dos volúmenes; en los que no sólo nos comunica su experiencia pescadora sino también la introspección que siempre le acompaña y muchas veces toma la forma de una autocrítica socarrona.

PEDRO G. TRAPIELLO:

Alguien dijo de este ex-alumno dominico de La Virgen del Camino, autor del libro "El chivo expiatorio": "El arte de truncar el pequeño espacio de una columna periodística en una cita diaria, plena de complicidad, no esconde ningún secreto para Pedro García Trapiello, como bien saben sus muchos e incondicionales lectores, incapaces desde hace años de privarse de guiños picarones, atinadas críticas, provocaciones mordaces y profundas reflexiones; lo clásico y lo profano, el canon y lo bufo son condimentos indispensables de unos textos que glosan la realidad más insólita o la aparente intrascendencia más cotidiana e intemporal, agazapada la sonrisa tras una mirada lúcida a nuestro tiempo que no desdeña la ternura sin paliativos. Entrar en el mundo de la Escritura de la mano de un cicerone como Trapiello es descubrir los entresijos de un maestro íntegro y burlón, próximo y crítico, de cuyas redes es impensable escapar, ya que, como él mismo confiesa, «hazte cuenta de que lo escribo en tinta baja, como escribiéndotelo al oído».

LEONARDO DE LA FUENTE:


Leonardo de la Fuente, natural de Fresno de Sayago, Zamora, pero afincado en Simancas, es coordinador de pesca y caza de el diario “El Mundo” de Castilla y León.

JOSÉ GUTIÉRREZ ALÁIZ:

Dice de él un amigo "que es leonés hasta la médula y pescador hasta donde le dejan, y es que nació en la orilla de río Torío, en Villanueva del Árbol, en el año en el que se creó un nuevo medio de comunicación, el más mediático. Si 1958 fue el año en el que llegó la televisión a nuestro país, a nuestro protagonista le trajeron al mundo, ese mismo año, un once de Abril"...

EDUARDO GARCÍA CARMONA:

[EDUARDO.jpg] Él mismo se presenta así: (Tocina-Sevilla-, 4 de Julio 1951) Periodista inscrito en el Registro Oficial de Periodistas de la Federación de Asociaciones de la Prensa de España (FAPE), desde 1982. Su trayectoria profesional ha transcurrido, desde 1 de Julio de 1966 a 31 de Diciembre de 2006, en un mismo medio de comunicación: RADIO NACIONAL DE ESPAÑA. Ha sido colaborador, en temas de pesca, durante 9 años en Diario de León y 3 años en El Mundo-La Crónica de León. En TV León, realizó el primer programa de Caza y Pesca, durante la temporada de 1990. Colaborador, desde su nacimiento, en la revista JaraySedal Pesca. Actualmente, Es colaborador habitual de TrofeoPesca y PescaMar, para temas de aguas continentales y mar, respectivamente.

...Arco iris...

¿Cómo se coge una trucha a mano?

Siempre he oído decir que coger una trucha a mano, debe de ser muy difícil, casi imposible; se resbalan tanto...
Opino que en la vida no hay nada fácil, todo exige mucha preparación y entrenamiento, y pocas cosas imposibles de alcanzar si uno se lo propone y pone en juego los medios adecuados.
Aquellos que estamos metidos en el mundo de la enseñanza, sabemos lo que cuesta a un niño ir superando día a día la lección diaria y los miles de horas que se consumen para conseguir un simple certificado de estudios primarios.
Parecida dificultad y trabajo, diríamos, es el que exige el conocimiento y la destreza de cualquier deporte.
La captura de una trucha a mano, verdadero deporte, también tiene sus dificultades, pero no tantas como algunos creen.
Una vez en el río, el pescador de mano ha de tener en cuenta dos cosas: primero, localizar la trucha y a continuación cogerla, cosa ésta, como bien se puede suponer, la más difícil.
Se pesca siempre río arriba, es decir, contra corriente. Y la razón está en que, además de ser más cómodo, la trucha al salir huyendo, casi siempre va aguas arriba con lo cual existe la posibilidad de volver a encontrarla.
Si se trata de un pozo o una piedra grande, la trucha allí se siente segura y habrá entonces que acosarla mucho para que lo abandone.
Conocer el río ayuda mucho. Los pequeños ríos de montaña varían muy poco de un año para otro. Las piedras buenas suelen ser las grandes y no es fácil que una crecida las arranque o las ciegue.
La piedra suele tener la entrada por la parte de abajo, contraria a la corriente y no suele obstruirse. Lo más que puede suceder es que penetren algunas arenas o piedras pequeñas, fáciles de remover.
Por la parte de arriba y por los lados de la piedra, el agua puede abrir nuevas entradas o taponarlas.
Sé de muchas piedras que, a lo largo de los años, están siempre igual. Todo es cuestión de ir con más cuidado la primera vez que visitas el río. Si la entrada se ha taponado un poco, se escarba y se hace el agujero un poco mayor, hasta que entre la mano.
Las piedras del centro del río varían un poco más; unas desaparecen y otras son cubiertas por los arrastres.
En los ríos pequeños hay que ser muy meticulosos. No hay lugar que no merezca ser escudriñado. Antes de llegar las cañas se encontraban truchas en cualquier piedra, pero desde entonces...


En el río hay lugares y piedras privilegiadas que suelen estar ocupadas por las truchas más grandes. Lugares un tanto misteriosos que bien me gustaría saber por qué la trucha tiene esa querencia a ocuparlos. Conocíamos estos lugares y era bien sabido de todos, que si hoy se cogían en él una o dos truchas, antes de ocho días, otras volvían a ocuparlo.
Más aún. Ocurre con mucha frecuencia que se te va una trucha de una piedra. A los diez minutos o antes ha vuelto de nuevo a ella. Y esto con más seguridad si se trata de dos truchas emparejadas.
Un pescador me contaba: «Pescando en el Curueño, encontré dos truchas de medio kg. debajo de un peñasco. El lugar estaba muy batido por la corriente, hasta el punto que para no ser arrastrado por la fuerza del agua, mi acompañante me sujetó por un brazo. Saqué una, la otra se fue. Respiramos un poco, tanteamos de nuevo la piedra y... allí estaba ya de nuevo la antes escapada. Corrió la misma suerte que su compañera».
Si hay piedras que tienen un atractivo especial y las truchas encuentran en ellas algo más que un escondite, también es cierto que de otras piedras huyen como la paloma del gavilán.
Debajo de una pizarra y sobre todo debajo de una piedra caliza jamás se coge una trucha a mano.
¿Por qué?
La trucha busca la piedra muy rodada que le ofrezca una superficie pulimentada donde pueda restregarse, rascarse, sin hacerse daño. Y eso no se lo ofrece la pizarra y menos la caliza, ya que éstas tienen una superficie áspera, picos y aristas cortantes. La trucha siente un placer al restregarse con una piedra suave, con otras truchas o con la mano del pescador.
Si debajo de una piedra se cogen dos truchas suelen ser del mismo tamaño, macho y hembra, aunque a veces se da el caso también de encontrar una grande y otra pequeña.
A este respecto recuerdo una anécdota muy curiosa. Fue en el año sesenta. En el río Luna, término de Barrios, y en el lugar denominado Puerto Viejo, había una trucha de más de ocho kg. de peso. Si te acercabas al pozo con precaución, se la veía ir y venir de un lado para otro, como reina y señora. Dos o tres truchas de uno o dos kg. le hacían la cohorte y no la dejaban ni a sol ni a sombra. Pero en el pozo no se veía ninguna otra trucha.
La trucha era muy visitada y no con muy buenas intenciones. Pues sabido es que más de uno llegó a disparar sobre ella. Aunque, para bien de la pieza codiciada, siempre sin fortuna.
Pero lo cierto es que la trucha un buen día desapareció. Las «malas lenguas» apuntaron a un famoso pescador, Pepe, pero la verdad nunca se supo.
Pocos días después de haber desaparecido, el pozo se llenó de truchas pequeñas.
Visto el tamaño de la piedra y comprobadas las entradas que tiene, se introduce una o las dos manos. Depende de como esté la piedra y la postura que ésta te permita adoptar. Al introducir la mano se ha de hacer siempre muy suavemente para no espantar las posibles piezas que allí hubiese. Todas las precauciones que se tomen a este respecto, serán pocas. Y aún así hay días en que las truchas no aguantan nada y salen disparadas.
La trucha, si siente peligro, tratará de echarse fuera o se va al fondo de la piedra que es donde ella parece sentirse más segura.
Cuando es un solo pescador, si merece la pena y se puede, se tapan las salidas dejando solamente una.
Dos o tres pescadores se complementan muy bien y se evita mucho trabajo. Se ayudan mutuamente y las piedras grandes, pueden ser revisadas y controladas mucho mejor.
El cazador se vale generalmente de un perro para que le descubra la pieza. El pescador en cambio, no contará con más ayuda que su propia intuición, conocimiento del río y sus manos, para descubrir la pieza que busca. Si una piedra no ofrece facilidades para ser debidamente examinada, el buen pescador sabrá descubrir enseguida si merece la pena agrandar la entrada o hacer otra nueva al lado opuesto. «Me gusta la piedra y la cueva, solíamos decir; hay que mirar bien, no me fío».
¡Cuántas veces después de mucho rebuscar, se acababa localizando alguna trucha en el lugar más insospechado!
En los ríos pequeños, como el de Caldas, Laguelles, Irede, hay que ser muy meticulosos; tienen mucha piedra y la trucha se puede quedar en cualquier rincón o hendidura. Es mucho más trabajoso pescar en estos riachuelos que en un Luna, Esla, Carrión, Arlanza, Adaja, Tera... El río grande cuenta con muchas más truchas y es más fácil localizarlas. Por eso se puede uno permitir el lujo de mirar solamente las piedras buenas. Cuando en uno de estos ríos una trucha ofrece dificultad para sacarla, es mejor desistir, cosa que no se suele hacer en un río pequeño.
En estos pequeños ríos, después de tres o cuatro horas de brega y de haber movido no menos de una tonelada de piedras y arena, el pescador termina agotado y desriñonado.
¿Fácil o difícil coger una trucha?
En contra de la creencia general, la mayor dificultad no estriba en que la trucha sea muy resbaladiza, sino en la facilidad de movimientos y el riesgo de escaparse por cualquier agujero no previsto. Antes de rendirse lo intentará todo, yendo de un lado para otro y buscando una posible salida.
Decimos de un portero que tiene buenos reflejos si atrapa o despeja el balón con facilidad. El pescador tiene que tener los reflejos en las manos.
Mientras la trucha, alocada, va de un lado para otro, no intentará echarle mano, sino cerrarle el paso. Cuando ve la imposibilidad de salir se acobarda y entonces es el momento de intentar apresarla. Si la piedra es grande, la trucha se irá al fondo buscando el lugar que le dé más seguridad. En estos casos da siempre la cola y guarda la cabeza.
¿Qué hacer?
Con dos dedos se tira de la cola muy suavemente y se la va atrayendo poco a poco. Si ofrece alguna resistencia, se puede establecer una especie de pugilato, un tira y afloja. El pescador trata de sacarla de su guarida, la trucha se resiste. Vuelve a tirar de la cola una y otra vez hasta que cansada se entrega.
Otras veces, según se la va trayendo, da un tirón y media vuelta, en busca de la salida. El pescador, que sabe que esto puede ocurrir, no intentará atraparla pero si cerrarle el paso. La trucha quedará dando vueltas por la cueva o volverá al mismo sitio. Todo es cuestión de paciencia. Al final, cansada y acobardada, se entrega. También puede ocurrir, que mientras estás tirando de la cola, la trucha con su hocico sigue horadando y desaparece.
Si una piedra tiene varias truchas se puede actuar de distintas maneras. Si la piedra tiene una sola entrada no hay problema. Primero se sacará una y después otra hasta finalizar la operación. Si son dos entradas y se las domina con las dos manos, lo mismo. Actúan las dos manos y si las truchas son dos, se puede sacar una en cada mano, cosa que no es difícil. O bien una mano cierra y la otra las va sacando.
Si no se dominan las dos entradas, siempre que se pueda se tapa una, dejando abierta la mejor, la que más garantías ofrezca. Al ir sacando las truchas hay que cuidar mucho que las de más no se echen fuera.
¿Cómo?
Cuando ya se tiene la trucha casi fuera de la piedra, se espera unos segundos a que las demás se serenen, pues si ha dado algún coletazo se han puesto en estado de alerta; se saca rápidamente y se la lleva a la boca. Y de nuevo a tapar con la mano y a rebuscar.
Los días en que las truchas están un tanto relajadas, si no son grandes, se pueden sacar hasta dos a un tiempo y en la misma mano. Cosa nada fácil de conseguir, pero no imposible.
Lo difícil y lo que exige mucha experiencia es cuando se encuentra una trucha debajo de una piedra o barranco de una gran cavidad. La trucha está suspendida en el agua pero sin un punto de apoyo para poder atraparla. Lo más normal es que se vaya al ver la mano, y si se llega a tocar es brevemente. De cuando en cuanto se coge alguna, son truchas grandes, más de trescientos gramos, más pequeñas casi imposible, no dan mano. Y esto, ¿cómo se logra? No lo sé.
Cuando tocas una trucha en estas condiciones, siempre se actúa sin esperanza ninguna de cogerla; no obstante, como en toda regla general, siempre hay excepciones.
Aún más inverosímil.
Manolín González, compañero de infancia, y ya desaparecido, me lo relataba en estos términos:
«Corría el año 1945. El muro del pantano de Luna salía de los cimientos. Con unos amigos salimos a coger unas truchas para la merienda. En un barranco me encontré con una de medio kg. Cuál no sería mi sorpresa al dejarse coger sin la menor resistencia. Bien sujeta por lo que pudiera ocurrir, la miraba y no salía de mi asombro, no daba señales de vida, no movía ni la cola. Estará muerta, pensé. Salí del río y la dejé sobre la hierba. Aquí, sí, comenzó a saltar con fuerza».
Un viejo y experimentado pescador de mano, me contó lo que sigue.
«El río Luna tenía unas magníficas tabladas, donde las truchas cuarteroneras se veían a bandadas; auténticos criaderos.
La cabecera de la tablada era el lugar más profundo, de uno, dos o tres metros y ahí estaban las truchas grandes.
No lejos del pueblo de Barrios había una tablada de donde era casi imposible sacar las truchas; sólo los buenos chapuzadores podían permitirse ese placer. Entre los monillos de la «cabecera» había uno que ofrecía unas garantías de éxito si se lograba hacer una entrada por la parte de atrás, fuera del río. Trabajo costó pero se logró.
Aquello resultó un hervidero de truchas. Me parecía soñar, pero no, era realidad.
No sé cuánto tiempo tuve la mano dejándose acariciar por las truchas, se apreciaba perfectamente cuando era una trucha grande la que se acercaba.
Había que actuar, podían darse cuenta de la treta y quedarse a verlas venir. De estos casos se daban tan pocos que no se podía desperdiciar la ocasión.
Actué como sigue: introduje la mano suavemente dejándome acariciar sin ofrecer la menor resistencia, como una trucha más.
Hay que tratar de aisladas -divide y vencerás- primero una, después otra. Muy suavemente se va llevando la trucha hacia un borde de la piedra, si intenta marcharse se la deja, hasta encontrar un punto de apoyo y allí durante unos segundos se la deja inmóvil, apretando fuerte.
Al intentar sacarla se evita que pueda dar algún coletazo, alertaría a las demás y en un momento desaparecerían todas.
Con todas estas precauciones conseguí sacar la primera.
Dentro de la covacha ¿qué habría pasado?
Introduje la mano, reinaba la calma. Saqué otra y otra y así hasta cuatro.
Como dicen ahora nuestros jóvenes ¡aquello era una gozada!
¿Hasta cuándo?
Yo mismo me extrañaba de que no se hubiese alterado la calma.
-A por la quinta, -me dije.
Pero esta vez, ni señales de truchas, todas habían desaparecido.
¿Qué había pasado?
No lo sé.
La cuarta trucha la había sacado, a mi parecer, con las mismas precauciones que las anteriores.
Cundió la alarma en los pacíficos habitantes de la piedra y pusieron agua por medio. Lo más llamativo en estos casos es que no queda ni una. Dieron un peso de 1,400 kg.
Con la construcción del pantano el cauce del río se alteró, pero la piedra, allí sigue desafiando los temporales».

(del libro "La pesca de la Trucha", de Antonio Fernández Suárez)

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