martes, 8 de julio de 2008

LA BODA DE LOS MUÑECOS


La boda de los muñecos.-

Al lado de la casa de Carretes, saliendo del casar de los gitanos a la calle ancha que se escapa del pueblo hacia el poniente, esperaba, sentado en un poyo de piedra, delante del portón de tablas y de clavos de su casa, el tío Piquín.

Era Piquín un hombre enjuto, alto, huesudo; con una cara empuchada a corros de pelos blancos, mal afeitados; y unas sienes de plata; y unas cejas tupidas, como unas viseras albinas escondiendo sus ojos vivarachos. A menudo vestía unos pantalones de pana, de un color escondido entre la mugre y los brillos del uso; y un chaleco, también de pana, con un corazón furtivo en el bolsillo - "tic-tac-queando" -, que delataba la cadena de plata, combada y brillante, enganchada a un ojal. Debajo del chaleco llevaba una camisa de rayas diminutas, con el azul gastado a fuerza de lavaduras en la tarja; con el cuello cerrado en la garganta y las mangas también abotonadas en los huesosos puños, cerca ya de sus manos.

Piquín había aguantado hasta maduro, - talludo ya -, sin sentar la cabeza. Su madre no tuvo la fortuna de irse al otro barrio dejándole casado. La pobre mujeruca sufrío lo suyo, según dicen las lenguas procaces de toda la ribera, que cuentan las locas aventuras del joven Pico. El descerebrado muchacho era lo que se dice un "gastador"; y su madre no sabía qué hacer con él.

Un día le dijo:

- ¡Demonio!, podías gastar el dinero en algo que se luzca...

Piquín era, en efecto, un manirroto. Pero en algún sítio de su mollera insensata brillaba de vez en cuando el ingenio y la chispa, mezcladas con la gracia. En aquella ocasión, se guardó la respuesta al improperio de la madre, y cogiendo un montón de perras de la casa, se fue sin decir nada. Al rato regresó; y, en silencio, se sentó a la puerta de la casa y empezó a encender cerillas, con un cúmulo de cajas de mixtos en el suelo. Su madre le dijo:

- Pero, hijo: ¿estás loco?, ¿qué haces, desgraciado?

- ¡Anda, madre!, - le contestó el hijo - ¿no me dijiste que gastara el dinero en algo que se luzca?...

La ocurrencia dejó una vez más a la madre sin palabras. Cuentan las lenguas que otro día su madre le dijo, echándole en cara su alocada vida:

- ¡Demonio, mal hijo!, fuera de casa... La casa es mía, y las puertas tuyas.

Él se arremangó, otra vez en silencio, y cogiendo una barra de hierro (de esas que tenían en la casa para hacer agujeros en el suelo), comenzó a golpear los goznes del portón de tablas.

- Pero, hijo, - ¡el demonio te lleve! -, ¿qué haces? - le dijo la madre, sorprendida y asustada. Y el hijo contestó:

- Me llevo las puertas... ¿No me dijiste que la casa es tuya, y las puertas mías?

Mas a todo gocho le llega su San Martín. Y al loco Piquillo le tocó la sensatez cuando le ataron al banco del hogar una mujer menuda y fuerte, y tres hijos tardíos. Vino Piquín así a sentar la cabeza; y aunque de una edad más avanzada de lo acostumbrado, los hijos le deolvieron las fuerzas que de joven desperdició en necias fechorías. Y siguío sin perder el gracejo y la sana simpatía de las bromas.
...

La más pequeña de los hijos de Pico alcanzaría en esta sazón unos seis años. Y el padre, Piquín, más bien aparentaba ser su abuelo. Y bien entrado en años; pues tendría ya al pie de los setenta. Cada tarde la niña se pasaba las horas de la siesta jugando a las muñecas con su mejor amiga, de su misma edad, en el portal de la casa. Piquín les tenía prometido que tras su reparador duermevela en el corral, después de la comida, celebrarían la boda del muñeco de la amiga con la pepona de su hija. Y que él sería el cura que los casara. Y así sucedía cada tarde, en el atardecer de Piquillo.

Se ataviaba Piquín con la bufanda de lana, a modo de una estola; y en la cabeza se ajustaba un sombrero de paja, oscura del sol de diez veranos, con las alas recortadas y puestas para arriba, imitando al negro bonete de los curas. Levantaba la cacha de avellano, cogiéndola en las manos por la mitad del recorrido de la vara, y así la convertía en un rústico báculo episcopal, adornado en la comba con un lazo de puntillas blancas, retales de la compostura que la madre echara a las enaguas. Las niñas le hacían un pasillo, y él desfilaba solemne hasta el brocal del pozo, en el inicio del corral. El pozo servía de altar, adornado con ramas de negrillo y una guirnalda de azules campanillas de hierba de doncella. En el desfile, las niñas inclinaban sus cabezas, con una convencida reverencia, mientras que Piquillo les tocaba la mejilla con la mano, en un dibujo del signo de la cruz, como una bendición, al repetirles:

- Soy el obispo de Roma. Para que te acuerdes de mí, toma... - Y seguía desfilando.

Al llegar al altar disimulado, se volvía despacio, exagerando el ritual; y preguntaba:

- ¿Están los novios y los padrinos preparados?

Todas las tardes era el padrino el que faltaba. Ningún niño se apuntaba con las chicas y Piquín al juego de las bodas, por el miedo a ser tiltados de nenas; o peor: de mariquitas. La amiga de la hija de Pico llevaba entre sus manos al muñeco. Y ella, para sacar adelante la repetida ceremonia, recogía sus coletas debajo de una gorra. y respondía, impostando la voz, como si fuera un chico:

- Yo soy el padrino, señor Cura. Y aquí traigo al novio, loco de amor, con ansias de casarse.

El fingido cura atusaba la estola y juntaba las manos en un signo de oración, apuntando al cielo del corral, y proseguía:

- Digan los novios sus nombres, y si vienen a casarse "porque sí", o porque les fuerza a ello "algo" ó "alguien"...

Las niñas, que hacían de padrinos, se encogían de hombros, sin entender, ni bien ni mal, aquella inquietud del cura, cada tarde. Y respondían, poniendo voz de novios, y ojos de enamorados:

- Yo soy Pepino. Y me quiero casar "porque sí".

- Yo soy Pepina. Y "porque sí, me quiero casar también.


El viejo vicario de mentira cogía a los muñecos y les juntaba las manitas de cartón, debajo de sus enormes manos descarnadas, en una caricia sorprendente. Y con una voz cálida, casi creyéndoselo él, y haciendo creer a las dos niñas, repetía:

- Pues lo que Dios ha unido, que nadie lo separe. Ya estáis casados. Id, y multiplicaos...


(Historias de un monaguillo /A.G. Enero/1998)
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