lunes, 20 de abril de 2015

JUAN EL LOCO

JUAN EL LOCO
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De niño, me gustaba hacer, - por encima de todo -, lo que estaba prohibido. Por ejemplo: hablar con Juan, el Loco. Juan era un pordiosero pacífico que llegaba cada martes, calle abajo, procedente de Cascantes. En mi casa decían que era de allí, y que se había pasado de rosca cuando estudiaba para cura. (Nunca supe qué tiene que ver una cosa con la otra...)
Juan era un hombre alto. Más alto que mi padre. Enjuto. Con una cara tostada por el sol de todos los días; y una cabeza un poco grande, a mi parecer de niño. "Quizás fuera por haber querido meter en ella la ciencia de los libros..." - pensaba yo. Tenía unas entradas pronunciadas, que se le alargaban hasta la nuca. Sólo unos pelos largos resbalaban por encima de sus orejas. Iba siempre limpio, eso sí.
Vestía en todo tiempo una gabardina que alguna vez debió ser amarilla, un poco tostada; como el color de su tez. La tela estaba raída, y tenía varios remiendos en los codos, en los hombros, y en la pechera. Debajo de la gabardina vestía, siempre también, una americana gris, o algo parecido; y más abajo un camisa de rayas blancas y azules, que había perdido el cuello a fuerza de los usos.
Llevaba en su mano derecha un cayado de roble, robusto; con la cacha retorcida y rugosa. Le servía para caminar, pero sobre todo para mantener a raya a los perros revoltosos, que a menudo le saludaban con malas pulgas. Los dedos de sus manos estaban llenas de nudos, (que en mi casa, mi abuelo, llamaba nudillos, qué finolis!!!). Juan tocaba suavemente las puertas con sus nudos, y entonaba siempre una oración: "... que nunca tenga usted que llamar a mi puerta; una limosna, por el amor de Dios".
Yo siempre quise hablar con él. Incluso me hubiera gustado marcharme con él, a recorrer el resto de los pueblos de su gira. Por ejemplo: bajar el martes, y regresar el viernes, tras haber llegado a Sariegos... que hasta allí contaba él que bajaba alguna semana de buen tiempo. Y guarecerme con él en "las casas de los gitanos", que había en cada pueblo. Y tocar suavemente las puertas de las casas con mis nudillos finolis... y aprender aquella oración.
Pero mi abuelo me lo tenía terminantemente prohibido: "¡qué ocurrencias, chacho!"- decía, - "y qué iban a decir por esos pueblos de Dios...".
Un día, viernes, cuando Juan el Loco asomó por la estrecha calleja que queda entre la ermita de San Blas, la casa de los gitanos y el portalón de Rosa, yo fui a buscarle, para que no se acercara hasta la casa de mi abuelo. "Mira, Loco - le dije en mi inocencia de niño, sin saber que loco era un insulto - : hoy no está mi abuelo en casa; y he decidido que, si tú quieres, me voy contigo hasta tu casa de Cascantes... Pero hemos de ir por los caminos del río, y por el monte, para que nadie del pueblo se entere."...
Juan el Loco me miró. No me dijo ni que sí, ni que no. Pero llevó la mano derecha con sus dedos a su boca, y a la mía. Y me dijo: "Sígueme".
Pasamos, sigilosos por la Plazuela, embocamos el camino del río, bordeando el nacimiento de la calle La Milana, despoblada de casas, y cruzamos el Bernesga por el puente de traviesas y tapines, todo lleno de agujeros. Cruzar el puente era otra prohibición; pero de la mano de Juan el Loco todo estaba permitido para mi. Y mientras más prohibido, mucho mejor.
Dejamos a la derecha la desembocadura del Valle de La Malena, que despeña un torrente sobre el Pozo de Los Mozos, y comenzamos a subir por una senda que sólo frecuentaban las vacas, echadas a pastar al monte del Candanedo, un poco más arriba, con sus pequeñas praderas escondidas entre bosques de encinas y de rebollos.
"Mira bien este sendero - me dijo Juan -: es el antiguo camino de Santiago que lleva al Salvador. Ayer mismo lo pisé un poco más abajo, en Cababillas, donde está la ermita y el albergue de peregrinos del Bendito Cristo y de La Cruz. Hay un dicho verdadero que da a entender la importancia de este Camino: "Quien va a Santiago y no va al Salvador, visita al sirviente, pero no a su Señor".
" Y dónde está el Salvador?" - pregunté lleno de curiosidad. Y El Loco me descubrió, con un montón de detalles y de leyendas, que El Salvador es una iglesia dedicada a Cristo (El Salvador), en Oviedo...
Era ya casi anochecida cuando llegamos a Cascantes, y entramos a la casa de Juan. Tenía un única sala, diáfana, donde se encontraba todo: cocina, comedor, sala de estar, dormitorio. Todo con un limpio desorden que me cautivó. Y en el fondo de la sala una verdadera montaña de libros apilados, de todos los tamaños.
"Puedes revolver entre los libros - me dijo Juan con una sonrisa franca - A ver cual te gusta más... Y te lo llevas" . Yo no lo dudé ni un solo momento. El, siguió buscando en el altillo de una alacena, al lado de un butacón destartalado. Y se presentó en dos minutos escasos con una sorpresa entre las manos. Dio cuerda con sus dedos recios a una manecilla de metal y puso cerca de mi una cajita de música de madera marrón, inmaculada. Levantó suavemente la tapa, y nació ante mis ojos una preciosa Venus, como la que luego he sabido que hizo nacer Botticelli con su fantasía y con sus dedos... Y comenzó a sonar una melodía acariciante...
Juan, el Loco, me estaba mirando con una ternura que no podía caber en una cabeza enajenada. Eso pensé aquel día. Y lo sigo pensando.
Del resto de la historia ya casi no me acuerdo. Creo que todo el revuelo que montamos Juan el Loco y yo por habernos escapado aquella jornada: en la casa, en el pueblo, en la guardia civil que nos buscaba... ya no tiene importancia. Como tampoco la tuvo entonces, para mi. Había descubierto que la locura es una ventana y una puerta, abiertas a la belleza...


(agf/20.04.2mil15)

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