lunes, 13 de enero de 2014

mi memoria


MI MEMORIA
AceSaL

Me vais a permitir que recuerde una historia real, de una mujer que fue una perdedora, de cabo a rabo. Y que, al menos a mi, me hace hervir la sangre, sin tibieza.

19..34 Adonina era una hermosa joven, hija de uno de los caciques del pueblo, cuando los caciques manejaban medio pueblo. La otra mitad la mangoneaba su otro hermano, de la mano influenciante del cura, también de la familia. Adonina era una joven soñadora, hermana de tres varones, que por diversas causas le salieron ranas a su padre. Nada especial. Sólo que los hombres no estaban dispuestos a seguir con "el capital" del padre; que, dicho sea de paso, no daba más que para seguir viviendo de una manera miserable. Adonina se puso a ensoñar con Joaquín, un rapaz de talla escasa, huerfano de padre, primogénito de su madre, y cabeza de una lista de hermanastros que llegaron después, cuando la viuda casó con un hermano del difunto. El mozalbete Joaquín se quedó en Juaquinillo...Pero el amor no se mide en centímetros; y Adonina se enamoró del chico, de sereno y atractivo semblante. Todo, contra la voluntad, y por supuesto la aprobación, de su padre, que tenía para ella otros planes
Los encuentros del amor eran todos a escondidas, pero casi siempre lo escondido es lo que más arraiga. Y así fue entre Juaquinillo y Adonina.Contra todos los vientos.


36 Pero llegaron los vientos de la guerra. El pueblo se dividió entre rojos y azules. Los azules dominaban, - que no es lo mismo que ganar - y obligaron a los rojos a esconderse en las montañas grises. El padrastro de Juaquinillo era de los rojos; pero ya no estaba para los trotes de la guerra, ni de las guerrillas; aunque no le faltaran las ganas y el genio. Sus hijos no eran ni rojos ni azules. Pero vino el dictador y dibujó una raya en las calles del pueblo para separar a los muchachos por colores, y para darles a cada bando un petate y un fusil. El primogénito, Joaquín, no alcanzaba aún los dieciocho. Ni era capaz de colgar el fusil de sus hombros, sin que arrastrara la culata por el suelo. Mas, que más daba: Lo vistieron de azul... "y que dé gracias de que tú lo quieres" (dijo el cacique a Adonina)... y lo mandaron a la guerra. 
Aquella mañana, la plazuela del pueblo se anegó con las lágrimas de todas la mujeres. Y las más ágrias fueron las de Adonina. Ni siquiera le pudo dar un beso.



39 Atrás van quedando los frentes. De León, de Asturias, de Zaragoza, del Ebro, de Teruel... Atrás quedan las vidas truncadas, de jóvenes que no sabían bien el motivo de su lucha. Joaquín, de talla escasa, creció deprisa. Creció por dentro, escarmentado de aquella guerra sin sentido. Y tuvo la suerte de que el capitán de su batallón resultara herido levemente en un brazo y una pierna. Juaquinillo le había caido en gracia, y lo reclamó como asistente en su convalecencia. Así, cuando llegó el triunfal día de la victoria, Joaquín estaba ya en su casa, tranquilo, sin ganas de celebralo. Menos mal que aún tenía a Adonina. Contra todos los vientos.

40 La guerra no se acaba nunca. La victoria ficticia no es capaz de cicratizar tantas heridas. Y las familias continuan divididas. Adonina sigue en la lucha. Contra el dictador que tiene en casa; y que le impone, - le quiere imponer - las normas de conducta. Tiene que elegir. Y elige desde el corazón. Decide casarse con Joaquín, su Juaquinillo. Que viene con una mano delante y otra detrás; pero que le ofrece su trabajo y su entusiasmo. Se casan una mañana, en privado; a escondidas casi. Y se prometen la luna, auque sea sin miel. Sólo con pan y cebolla. Ella trabajará en el campo, de sol a sol. Él, de luna a luna; y en los meses flojos en la mina de Santa Lucía; escarbando el azabache, como una joya para su querida Adonina. Contra todos los vientos.

50 Y llegaron los hijos. Cuatro. Y nunca falta un puchero, para comer a rancho. Y nunca sobra una miga. Esa miga empapada en el fondo del pote, que engaña a los chicos, mientras escarban por encima de las fabes rojas y las vainas verdes que no son de su agrado. Y nunca falta un beso en las noches, en las buenas noches calientes, subidos en el hogar, detrás de la chapa. Y nunca falta el cabás heredado, ni el pizarrín de manteca, ni una negra pizarra... como el carbón; pero más guapa. Y todos, los seis, salieron adelante. Contra todos los vientos.


70 Y se fueron los hijos. Incluso arrancaron de la dura tierra a los dos, madre y padre. Que su trabajo les cuesta, a ambos. Pero hay que prosperar. Y el pueblo no es un lugar propicio ya para la prosperidad, a pesar del cemento y la térmica de los alrededores, que dan pocos jornales. Y los hijos se van colocando. Lejos de la tierra, de esa tierruca donde echaron raíces. Donde siempre estáran sus raíces. Contra todos los vientos.

Años finales:  Adonina sigue trabajando. En la casa, en la huerta (por los veranos). Con los nietos, que vienen. Y cuidando a su Juaco. Y Joaquín, pagando la factura al polvo de la mina, al humo del tabaco, al frio de los amaneceres, y a las noches desveladas de los campos de la guerra de su vida. Se ahoga, le falta el aire. Y Adonina lo cuida, amorosa. Hasta que puede. Hasta que viene un escorpión y la muerde, irremediablemente; a ella, que parecía tan fuerte... Él, Joaquinillo, - cada vez más Juaquinillo... de enjuto que se está quedando - la besa en la frente. Y recuerda todos los frentes en los que han estado. Contra todos los vientos.

Juaquinillo, - solo - , tuvo un corto permiso, para intentar convalecerse. Pero todo fue en vano. Un céfiro suave vino una mañana,  y lo llevó, soñando, al lado de Adonina.   

Adonina, y Joaquín (¡¡¡Juaquinillo!!!) fueron de "los que han perdido más de dos veces". Pero nunca lo dieron por perdido. Yo tampoco...              

(agf/13.01.2mil14)



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