sábado, 2 de abril de 2011

RICARDO CANTALAPIEDRA


RICARDO CANTALAPIEDRA
Un cantautor leonés de los años 60-70:
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En las décadas de los cuarenta y de los cincuenta del pasado siglo se repetía muy habitualmente en España, y en concreto en León, un tipo de niño y joven con señas similares, y muy características: sobrino de cura, fraile o monjas (algunas veces de todos al mismo tiempo), monaguillo, prematuro seminarista, catequista atrevido, mozalbete reprimido, ilustrado y culto gracias a los curas… y a menudo amante de la música. Cuando dejaba de ser mozuelo y la sociedad le apremiaba a desembarcar en el mundo laboral, se convertía en agnóstico, hacía oposiciones, estudiaba derecho, filosofía o periodismo, o se metía en "la secreta". Casi siempre era lo mismo. De su formación humanista, de su amor por la música, y de su aprendida habilidad por tocar un poco la guitarra se aprovechaba para salir adelante. Su agnosticismo no le impedía formar parte de un coro parroquial, y hasta se atrevía a componer decenas de cantos litúrgicos que le servían para matar su gusanillo musical.
Este prototipo tuvo en Ricardo Cantalapiedra un verdadero hito, bien representativo.  Creo que nació en Carrizo de la Ribera, León (?) en el año 1944. Fue todo eso que va en el cliché que he descrito más arriba. En 1967 se trasladó a Madrid a estudiar filosofía y periodismo, a vivir la buena vida de estudiante en el mayor Pío XII, y a debutar como cantante, aunque con poca fortuna. Antes, en León, había dado dos últimos tumbos: pasó por la OJE (Organización Juvenil Española), y terminó en el PCE, clandestino por supuesto. Su éxito musical no llegaba, a pesar de que escondía sus desviadas ideas políticas yendo a cantar en las misas de los curas de la mano de un amigo que luego sería más afortunado que él, en esto de la música: Julio Iglesias. Ricardo Cantalapiedra no fue al festival de Benidorm. Julito Cantaba "La vida sigue igual", y le cambió la vida. Ricardo se empeñaba en cantar "Baladas frente a la guerra" (su primer disco). Y la vida le siguió dejando en la medianía.
En Madrid, en los años previos a la caída del régimen de Franco, había dejado de creer, pero conocía a muchos cristianos progres que se reunían en la iglesia del Instituto Ramiro de Maeztu junto a artistas y políticos, también progresistas, para organizar mítines, en los que en lo único que concidían era que "estaban hasta los huevos del franquismo". Por ejemplo, cantantes como Patxi Andión o los componentes de Agua Viva.
En 1982 abandonó la canción. Y se dedicó a la literatura, al periodismo, a la crítica musical, y a la radio. En Radio Madrid trabajó en el equipo de "Lo que yo te diga", fue guionista de El Gran Wyoming, en "La noche se mueve", y publicó su primer libro, "Bestiario urbano". El mono de la música lo combate, desde entonces, reapareciendo, casi a escondidas, y cada dos años más o menos, como Rocky Bolero: un cantante de boleros para divertir y enamorar a las mujeres, un descreido respetuoso, y un ateo que reconoce que la idea de Dios es fascinante, aunque nada más sea porque "si Dios no existe y manda tanto, si existiera sería el copón".
 Por encima de todo, se enamoró de Madrid el mismo día que llegó, entre otras cosas porque sus dos barrios preferidos llevan nombre de heroína,Manuela Malasaña y Clara del Rey. "Esta ciudad es mi pasión. No sabría vivir sin ella. Es la capital de la copla, del flamenco, el rock urbano, es la ciudad de los desatinos y las desmesuras y presiento que, tras una larga temporada de muermo, estamos viviendo un renacimiento".
Este poco conocido escritor y periodista grabó varios LP’s a principios de los setenta, dentro del movimiento de cantautores más comprometidos, que incluyen 23 temas que son 23 pequeñas obras de arte y que muchos casos siguen tan vigentes como entonces.

Del Ricardo Cantalapiedra, escritor y periodista he encontrado esto (en la red):
Cosas de perros… 
Por Ricardo Cantalapiedra

En Madrid ocurren unas cuantas cosas malas a diario, pero todos los días sucede también algo amable, que te reconcilia con la vida. Les voy a contar a ustedes las actividades solidarias de una perra llamada YAIZA, de la belicosa familia de los presas canarios, soberbios cancerberos, de aspecto atigrado, macizos como un tanque, serios como una tormenta.
YAIZA es más tierna que un flan, pero no se te ocurra enfrentarte a ella, ciudadano. Suele pasear por la zona de Prosperidad. La pobre tiene que ir con bozal y mirada melancólica. Reside en la calle de Cardenal Silíceo.
Tengo la suerte de ser amigo suyo, en cuanto me divisa a lo lejos, empieza a mover la cola a 100 por hora y se me acerca despacito, a la manera de un guepardo mimoso (hace tres años, cuando esa bella bestia tenía 4 meses, se puso tan contenta al verme, que me tiró de una banqueta y perdí el conocimiento: estuvimos una temparada sin "hablarnos"). Sabe, la muy astuta, que, a espaldas de sus dueños, yo le proporciono diversas golosinas que calman su insaciable apetito; zampa con fluidez chorizo, lechuga, tomates, ensaladilla rusa, jamón, ternera, fabada, sandía o boquerones en vinagre. A pesar de todo, he llegado a la conclusión de que a YAIZA lo que más le gusta es conversar, como a los protagonistas cervantinos de El Coloquio de los perros. Su dueño dice que ella es "omnívora, como Dios". 
YAIZA, esa bestia, ha salvado la vida desde el pasado mes a casi una veintena de vencejos. Vive en un bajo que comunica con el patio interior del edificio. Durante estos calorazos, los vencejos, que montan sus nidos en construcciones urbanas, caen en picado de vez en cuando, heridos por el sol. Es entonces cuando interviene YAIZA. Sale como una flecha al patio, agarra delicadamente al pájaro con el morro, lo introduce en el lugar más fresco de la casa, lo acurruca con sus patazas y no permite que se le acerque nadie, excepto sus dueños, Esther y Alberto, que dan agua al vencejo, lo acarician, comprueban si está herido y, si todo va en orden, salen al patio y dejan que el pájaro vuelva a volar tan contento. Mientras tanto, YAIZA observa todo moviendo el rabo, solo dice: "¡Guau!, ¡Guau!"
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