martes, 11 de enero de 2011

el regalo de reyes


El regalo de Reyes fue siempre una sorpresa. Desde muy niño. Desde donde alcanza mi recuerdo. El regalo de Reyes era la sorpresa. Hasta la sorpresa conocida; pero escondida, adrede. En lo hondo del cesto, adornado de pajas como un pesebre, mis ojos de niño, sorprendido, adrede, buscaban la redondez, la combatura, la esfericidad de una pelota, que habría de llegar, entera, hasta San Blas, por lo menos… 
Y mis dedos nerviosos tropezaban, siempre, la convexa turgencia de una granada. Blanca, blanca, por fuera. Y roja, roja, por dentro. Era como una bomba púnica, en mis manos traviesas. La adivinaba, sólo con verla. La desnudaba, sólo con soñarla, con los ojos esparcidos por el resto de los regalos. Al final, volvía a ella. Estaba allí, dura, apretada, y soñadora. La pelota redonda, de repente, se había pinchado, adrede. Mis ojos y mis manos la olvidaban. Ya tendría más tiempo de jugar… hasta San Blas. Pensaba. Y me extasiaba, mirando y palpando la granada. Su cáscara era como la piel rugosa y blanquecina de la mano de la abuela, que acunaba mis sueños. Su corazón rojo era como una cárcel, como una prisión redundante, llena de muchas celdas. Con muros cóncavos, pero sin rejas. Sus granos eran besos de madre, que se caían, a gotas, de unos lábios carmesí , y tersos. Y fecundos. Cada mañana fresca del Día de los Reyes yo abría mi granada de regalo. Y soñaba con granos rojos, aguas fecundas, perlas de sangre, y besos. Otros besos. Hoy, ahora, cuando soy un niño grande, pienso que he sido algo bueno.
 Esta mañana fría los Reyes me han dejado una sorpresa. Blanca, y roja. Llena de sueños. 
Estoy sorprendido. Feliz y contento, con mi regalo bueno.


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