miércoles, 28 de abril de 2010

La rendición




A veces, una bandera blanca (de rendición, que no de paz)
es un trapo manchado
de intimidades,
atado
de mala manera a un palo
lleno de nudos y de ramas
desgarradas y punzantes, a modo de asta, resignada...
Mi batalla de ayer está cuajada
de nostalgia,
desbordada de aguas menores;
y hasta
de mayores aguas
incontinentes.
Mi rendición es miedo;
mi miedo, medio temor;
y mi temor es medio miedo y rendición:
aguas menores y mayores
incontenibles, juntas.
Levanto mi trapo
y me entrego a la suerte
que disponen los otros. Eso es rendirse.
No tengo paz.
No me quedo
en paz.
No me entra al trapo la paloma;
no me arrulla el canto
monocorde de la torcaz que se esconde en el nogal.
Me molesta su incansable "rum-rum".
Calo la bayoneta
de mi palo astillado... y "!¡¡¡pum!!!":
un montón de plumas de cernada
se arremolina aquí, a mis pies.
La testigo de mi anegamiendo,
en el diluvio personal,
remonta el vuelo
por encima de las casas;
y va a acunar a las campanas altas,
que hacen "dum-dum",
con un sonido opaco.
Aquí, en mi mismidad,
otra vez más,
mi bandera blanca (de rendición, que no de paz)
es un trapo manchado
de intimidades...

A. Escalada/abril 2mil10

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